viernes, 15 de mayo de 2015

De príncipe heredero a rey. Juan II de Portugal

Mi padre marchó a buscar refuerzos a Francia, mientras yo, de nuevo, fui regente en Portugal. Acontecimiento desconcertante el que me ocurrió entonces, en 1477: llegó una carta de este, mi padre, a la corte en la que anunciaba su decisión de tomar  los hábitos. Bendito sea, este Alfonso, anonadado que me encontraba yo ya coronado rey, que regresa inesperadamente a Portugal e invalida su abdicación en mi persona.
 
A pesar de su regreso, fui yo quien desempeñó las funciones de rey, pues él decidió vivir retirado en un monasterio hasta la fecha de su muerte, en 1481, momento a partir del cual yo ya era rey por derecho a todos los efectos. 
 
Ahora, ya rey de Portugal, hube de acabar con algunos estorbos. Mis queridos y muy adorados nobles limitaban el campo de mis actuaciones y, sobre todo, me restaban autonomía y primacía con sus consejos e intromisiones. Hasta que decidí acabar con ello. La casa de Braganza había acabado con mi paciencia. El duque de Braganza, deplorable persona, osó comunicarse con la reina Isabel de Castilla por carta, en la cual se lamentaba de su situación en mi reinado. Dicha comunicación fue interceptada por espías a mi servicio y, obviamente, tomé mi resolución: expropié las tierras de Braganza y lo ejecuté sin piedad alguna en la localidad de Évora. Yo soy el señor absoluto, el único rey de mis tierras, recayendo exclusivamente en mi persona la dirección y control de Portugal. Acabé también con mi cuñado el duque Diego de Viseu y con el obispo de Évora, aquel junto al que luché en Toro y fui, aunque sólo por el comienzo, el vencedor. 
 
La aristocracia ha de servirme en todo momento. Con todo esto, traté de reforzar la monarquía que había quedado un tanto debilitada por la ausencia de mi padre y por las tensiones en Castilla, reforzando el mi absoluto poder.
 
 
                                                                                             Juan II de Portugal
 
 
 

1 comentario: