miércoles, 6 de mayo de 2015

Derechos al trono.

Con la muerte de mi hermano Alfonso, rey de Castilla, con el cual ya se había despojado a la muchacha de su condición de princesa, yo pasaba a ser la heredera de la Corona. Tuve muchas complicaciones, traiciones, sobre todo. No obstante, mi hermano Enrique y su corte, por su parte, y la mía, por otra, decidimos reunirnos en la localidad de Guisando para poner fin a tan ardua discusión. Allí, pretendí, por tanto, mostrarle mis respetos al rey, a lo que él me trató como a una igual, lo que era.

Se confirmaba en este lugar mi posición como legítima heredera del trono, confesando incluso Don Enrique, ante Dios y ante los hombres, aquella Doña Juana no fuese por él engendrada. Firmaríamos el documento, aunque me vi en la obligación de hacer frente a la imposición de mi hermano, habría de casarme con aquel él considere más de su agrado. No obstante, pude tomar el título regio, usurparle el trono, pero me satisfizo obtener el título de Princesa con el fin de evitar vicisitudes posteriores en lo que sería mi reino, que seguiría perteneciendo a Don Enrique, mientras viviera. A 19 de septiembre de 1468.

No fueron el honor y el compromiso las mayores virtudes de Don Enrique; no puso fin a la disputa en las Cortes de Ocaña debido a que no fui jurada como heredera en las mismas. La situación no era firme. Por ello, decidí recurrir a las infamas difamaciones para desprestigiar a mi hermano,  todos en la corte hablaban de su impotencia,, con la cual se afirmaba su no paternidad de la muchacha;  no llevaba la sangre real castellana de la que tanto alardeaba para querer ostentar mi futura posición. Era notoria dicha fama, se sabía incluso que la esposa de Don Enrique había tenido un idilio con Beltrán de la Cueva. No solo era una deshonra para la Corona sino también como representación del pueblo castellano. No estoy orgullosa de haber vilipendiado a mi hermano de esa forma tan deshonrosa, pero era necesario, la muchacha nunca había de reinar en Castilla.  

Intentó mi hermano controlar mi poder al querer casarme con Alfonso V, rey de Portugal. Pero denegué. No estaba dispuesta a otorgar obediencia a mi hermano, habría yo de casarme con quien me placiera, con alguien capaz de acompañarme en mi gobierno, con el fin de lograr una gran prosperidad para con mi patria. Conocí pues a Don Fernando de Aragón, Rey de Sicilia, y futuro sucesor de dicha Corona, un hombre detestado por mi hermano al ser el representante del poder aragonés, pero con el que contraje matrimonio en Valladolid. Fue una responsabilidad de Estado, pero he de reconocer que la idea del matrimonio con Fernando no sólo encontró razones políticas.  A 19 de octubre de 1469.

Enrique, al enterarse de la noticia, considerolo una violación por mi parte del tratado, y volvió a proclamar a su “hija” Juana como princesa de Castilla. Pudo llevarlo a cabo debido a que en el Tratado de Guisando no se me consideró como heredera única, sino primera, y, al acusarme de traición, la orden fue revocada. Pero, ¿una niña de menos de diez años iba a ser capaz de gobernar? No tenía ni el conocimiento ni la madurez necesaria para dicho fin.  Yo era la heredera, la que había sido educada y llevada a la corte, por lo que ese, debía ser mi legado.

El gobierno de Don Enrique cada vez empeoraba la situación de mi Castilla, pactó incluso con nobles como Juan Pacheco, quien intentó controlar el tesoro del alcázar de Segovia. Así, se concertó una reunión entre nuestras personas para lograr la paz, sin llegar a ningún acuerdo. De este modo, mi hermano fallecería sin pronunciarse sobre la sucesión de la Corona en su testamento, por lo que la discusión seguiría vigente. A 11 de diciembre de 1474.     

                                                                                                                                              Isabel. 

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