martes, 12 de mayo de 2015

Camino hacia la concordia

Finalmente hemos llegado a Ariza, ha sido un arduo trayecto el que emprendimos desde Aragón, partiendo bajo aquella lluvia torrencial. De nada han servido mis esfuerzos, mis sacrificios… todos los peligros pasados han sido en vano. Inmediatamente al entrar en esta ciudad fronteriza me hice coronar rey de Castilla, pero con gran perplejidad he presenciado como se sucedían las noticias que ratificaban que el gobierno de Castilla estaba en manos de Isabel, Castilla le pertenecía exclusivamente. Me siento fatigado, deshonrado y herido de orgullo, pero no concibo la rendición. Ni en batalla ni en cuestiones de estado admito una derrota sin resistencia, y no será menos ante mi mujer.

He estimado partir hacia Segovia para conocer la situación con detenimiento. Mi deseo es conocer las intenciones de los grandes de Castilla, en los que anhelo encontrar apoyo, pues antes de partir a Aragón, contaba en estas tierras con facciones afines y devotas que confío respalden mi coronación como rey y no permitan que se me relegue a ser considerado como Príncipe Consorte. 

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De nuevo he fracasado. Ni aun esperando tres días en Turégano buscando el favor de los nobles, conseguí más que me instaran a aceptar de buen grado el título de Príncipe Consorte. Ante Isabel como única soberana consumada en el poder nadie atrevió a brindarme respaldo.

Asimismo erró mi última táctica. Sabedor del fuerte amor que la reina me profesa, creí que compartiendo el lecho con ella durante el tiempo preciso, mi mujer cedería. La unión física, la cercanía entre esposo y esposa me daría la razón. ¿No era su mayor agrado la hombría que se reflejaba en mi aspiración de reinar? ¿No era mi ambición motivo de su contento? Así habría de convencerla. La persuadiría con mis gestos, mi manera de actuar, día y noche. Con la paciencia como aliada esperaba vencer. Estaba seguro de mi triunfo, pues no concebía otro resultado. Más la entereza de Isabel estaba dispuesta a concederme cuanto quisiera, a excepción de su amada Castilla. Vi a los días sucederse, y su terquedad no disminuía.

Los días  han pasado y ningún cambio ha modificado esta situación. Mi molestia y mi enojo me llevan ahora a emprender una medida final. Mis pensamientos se encaminan a Aragón. Y empiezo a sospechar que la única solución posible es romper la unidad de nuestros destinos, marchar a Aragón y salir a conquistar el mundo en lugar de ayudar a mi obstinada mujer a gobernar en Castilla.


Fernando

8 comentarios:

  1. ¡Vaya con Fernandito! Y nos quejamos de las intrigas de ahora. No, si de casta le viene al galgo. Todo por el PODER����

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  2. Pues buena era Isabel. Ella era la reina de Castilla y sabía bien lo que quería. Lo curioso es que estos dos llegaran a entenderse, a forjar la unidad de España y a poner los cimiento de un imperio.

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  3. El sexo como arma para chantajear, desde tiempos inmemoriales.. ¡Cuánto daño hace la ambición!

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  4. Entrada muy interesante y con bastante gancho.
    Fernandito se las trae buenas, pero luego Isabel bien sabría sacar provecho por otro lado...

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  5. Interesante Blog, y sobre todo ameno.
    Seguid así

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  6. Una muy buena lección de historia. La eterna lucha por el poder. Fernando creía que por ser hombre podría conseguir que Isabel cediera. Y nada mas lejos de la realidad.

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  7. Margaret Thatcher y Angela Merkel han tenido un buen ejemplo a seguir con Isabel.
    ¡Con un PAR!

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  8. Una manera interesante de explicar la historia. La mujer doblegada a los deseos del marido. Aquí se invierten los papeles. Algo casi impensable en el siglo XV.

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