miércoles, 20 de mayo de 2015

Hacia el Tratado de Alcaçovas.


Pero he de narrar ahora cómo tanta disputa entre portugueses y castellanos fue, al fin, solucionada. Aún vivía mi padre Alfonso, a fecha de 1979, cuando firmamos con Isabel y Fernando el Tratado de Alcaçovas, que vendría a sembrar la paz entre ambos.
 
Tantas diferencias en tierra como en mar hubieron de resolverse, pues además se habían acentuado desde que mi padre entró a apoyar en la guerra sucesoria s su Beltraneja. Mediante este acuerdo, mi padre Alfonso renunció al trono de Castilla, a la vez que Isabel y Fernando acuerdan no osar acercarse al nuestro.
 
Un asunto importante para ambos eran las cuestiones por el control de los mares allá por el Atlántico. Así, llegamos en este tratado a optar por una división de dominios: Portugal mantenía el control sobre Ginea, la Mina de Oro, las Azores, Cabo Verde y Flores, mientras Castilla obtenía el control de las Islas Canarias. Se reconoce, así mismo, que el Reino de Fez pertenece a la Corona  portuguesa en exclusividad. Todo esto interesaba a la monarquía nuestra, pues nos permitiría establecer amplias relaciones comerciales que la hiciesen más próspera y fuerte.
 
Otro hecho que aquí recogimos fueron las Tercerías de Moura, la alianza para casar a mi hijo y sucesor Alfonso con la primogénita de los Católicos, Juana. De esta manera, mi Alfonso sería rey de Portugal y de Aragón y de Castilla, unificando toda la Península en su persona. Mas aconteció algo terrible, doloroso de recordar, que me encoje el pecho día tras día mientras noto el peso de los años sobre mi ya destartalado cuerpo: Alfonso mi hijo perdió su dichosa vida al caer de un caballo en una carrera. Vaya a saber Dios si él cayó o “le cayeron”.
 
 
                                                                                                     Juan II de Portugal

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